El Muelle de San Blass
Era en verano del año 1971 cuando papá llego desde Puerto Vallarta hasta mi pequeña casa en San Blass. Mi madre se encontraba mejorando los últimos detalles de mi vestido blanco de la ceremonia. Estaba tan ansiosa como yo, que no había podido dormir en toda la noche.
-¡Dios, mi pequeña Ariel! No bajaste los suficientes kilos para entrar en este vestido. –se quejó mi madre.
Mientras, papá leía el periódico, compartía el mate con mi apurado y entusiasta prometido quien estaba alistándose para irse de pesca. Valentín estaba vestido con un sombrero pesquero que cubría gran parte de su rubia cabellera ligeramente despeinada, también traía una camiseta blanca y sobre puesto un chaleco verde oscuro a juego con su bermuda. Y claro está, sus deslumbrantes ojos miel, aquellos que brillaban hasta en la oscuridad de la noche, los que me enamoraron alguna vez y con los que estaba a punto de casarme en algunas horas. Solo faltaban dos horas para que dijésemos “si” en el altar.
Pero antes, él tenía que ir a pescar al muelle, como hacia todos los sábados por la mañana. Era como una tradición para mi amado, una de la cual no iba a desistir u olvidar.
-Voy a partir, mi amor. Nos veremos en un rato. –se despidió y luego de depositar un tierno beso en mis labios, salió de la casa. Como de costumbre, también salí, permitiendo que la arene de la playa se filtrara entre mis dedos de mis descalzos pies. Valentín ya se encontraba de pie sobre el estribor del barco “La marea”, el cual compartía con sus dos mejores amigos: Manuel y Franco. Acompañado de su sonrisa tan distintiva, él extendió su brazo y comenzó a agitarlo para saludarme y con un grito ensordecedor, juró que pronto volvería hacía mí.
-¡Y yo te esperare! –fue lo último que escucho cuando desapareció por el horizonte.
Y las horas pasaron, y pasaron, y pasaron hasta que dieron las 14:0hs en punto y la ida a la iglesia se acercaba. Pero, Valentín aún no volvía. Y yo ya estaba lista, totalmente vestida y maquillada. Mi padre me había transportado hasta la puerta del lugar y solo tenía que esperar unos momentos para que mi prometido me abriese las puertas de la catedral.
Pero, él nunca llego.
Pase horas llorando junto a la cruz de aquella iglesia, aún vestida con mi vestido blanco, pero con todo el maquillaje corrido. Asfixiada porque todos estaban empeñados en arrojarme sus lastimas y penas. ¡Como si yo las necesitara! Lo único que había ocurrido había sido que mi prometido no se presentara al casamiento. ¡Nada grave!
Impulsivamente, me dirigí hasta el muelle de donde había zarpado el barco que alejo a mi prometido de mí y para mi sorpresa, Manuel y Franco si se encontraban allí junto a la esposa de Manuel, Martina. Al verlos allí, caí en la cuenta de que mi amor no se encontraba. Desesperada, comencé a correr hacia ellos, cuando Franco me atrapo entre sus brazos y me acurruco en lo que lagrimas salían despavoridas de mis ojos, implorando por mi prometido.
Pase horas escuchando la historia que Franco me había contado y lamentándome por haberlo dejado ir. Por no haberle suplicado, que hoy, el día de nuestra boda, el no zarpara. Pero lo había dejado, y ahora ya no estaba. O eso era lo que ellos creían, pero no yo.
-Él va a volver, Franco. –pronuncie las palabras.
-No, Ariel. Él está muerto. No va a volver. –contradijo.
-Me prometió que lo haría, tal vez tú no lo conozcas como yo, pero él nunca rompía ninguna promesa.
-Como quieras. –dijo antes de levantarse. –Si necesitas algo, sabes dónde estoy. –Hizo referencia a su casa. Pero yo no tendría por qué ir hacia allí, yo me quedaría esperando a Valentín sentada en el muelle frente a las olas.
Y así los años pasaron, mientras mi piel se volvía rasposa y mayor a la de una jovencita de veinticinco años.
Varios meses habían pasado, y el verano se convirtió en abril. Un día, una mujer bajo de una ambulancia estacionada junto al muelle y se acercó con cuidado hacía mí. Según lo que ella dijo: alguien me había nombrado como “la loca del muelle” y venían a trasladarme a un mejor lugar para esperar a mi prometido, pero me negué rotundamente, pues no era tonta y yo no me encerraría en el manicomio sin ni siquiera haber esperado a que Valentín volviese.
Más tiempo paso, y Franco fue el único que me acompañaba en mi espera, pero solo los días jueves, que era cuando no trabajaba de camarero en una cafetería cercana. Era lindo hablar con él, y más cuando me contaba una y otra vez como es que Valentín desapareció, porque, sabiendo lo inteligente que era mi prometido, más esperanzas tenia de que llegase. Pero todo se arruino, cuando Franco declaro que estaba enamorado de mí y yo no pude corresponderle, porque aún estaba enamorada de mi Valentín. A partir de allí él se alejó y nunca más lo volví a ver.
Ahora, lo único que pienso es que, terminar muriendo sola a los 63 años en las costas del mar es triste y más habiendo tenido la oportunidad de estar con una tan buena persona como lo era Franco. Y olvidarme de una vez por todas de quien me abandono a los veinticinco años, Valentín.